Si bien algunos habían contemplado la posibilidad de alquilarse una Vespa, la idea de recorrer la ciudad a lomos de una bicicleta, por muy mala que fuera, resultaba mucho más atractiva. Sigue leyendo
Es verano y hace calor, es un calor húmedo diferente al de Madrid pero no nos importa. Estamos en Roma y , aunque la mañana se ha despertado tormentosa, parece que la lluvia nos va a respetar a lo largo del día y, esperemos, durante todo el fin de semana. Estamos ahí para celebrar una boda, pero lo que realmente nos fastidiaría sería que se nos estropease la esperada visita a la ciudad. Nos vestimos y nos dirigimos a la terraza del hotel, algo decadente pero con estilo, como casi todo en la Ciudad Eterna.
El capuccino me despierta lo justo mientras ajusto mis gafas de sol. Mis amigos van llegando y nos sentamos ocupando casi todas las mesas del lugar. En pocos minutos el ambiente es ruidoso y caótico, está claro que los españoles estamos ahí. Algunos huéspedes, americanos de mediana edad en su mayoría, apuran sus brioches y salen huyendo, no sin antes dirigirnos alguna palabra cariñosa.
De repente, desde el otro lado de la calle, veo cruzar con alguna bolsa a mi amigo Diego. Lleva sus gafas, bermudas y camisa, pero no se dirige a mi porque hayamos coincidido en el look otra vez. Se para frente a mí y me dice: “Toneti, en el hotel de al lado alquilan bicis y por ser de este hotel tenemos derecho a alquilarlas también…”
No podía creer nuestra suerte. Si bien algunos habían contemplado la posibilidad de alquilarse una Vespa, la idea de recorrer la ciudad a lomos de una bicicleta, por muy mala que fuera, resultaba mucho más atractiva. Tras algunas discusiones con los más reticentes, en menos de 20 minutos teníamos todas las bicicletas alquiladas y para los que no tenían, no había para todos, el hotel ya les estaba buscando alternativas en una tienda cercana. Y nos lanzamos a recorrer la ciudad, como locos, casi con el cruasán en la boca y sin esperar a los más rezagados. Yo me fui con un pequeño grupo, sin rumbo fijo y armados con un mapa que guardamos en la cesta de la bicicleta, únicamente parando para comprar una botella de agua y un sombrero de paja para protegernos del sol.
Salimos hacia la Piazza di Spagna, recorriendo el Trastevere y dando una larga vuelta, pasando por la Fontana di Trevi hasta llegar al horrible monumento a Víctor Manuel, lo que los italianos conocen como la máquina de escribir. Una vez allí seguimos dando vueltas, sin mucho orden ni concierto pero parando de tanto en cuanto maravillados en una iglesia al azar, de pronto una voz conocida nos hizo girarnos. Otros tres amigos, que estaban en otro hotel, habían tenido la misma idea e iban con sus bicicletas. Tras los abrazos iniciales nos juntamos y nos citamos con los demás en algún sitio conocido. Y qué mejor sitio que el Coliseo Romano. Allí nos juntamos más de 10 bicicletas para proseguir nuestra ruta hasta el Castillo de Saint’Angelo y comer algo cerca del Panteón de Agripa. Una vez comidos y bebidos decidimos continuar con la vuelta, sólo los más valientes, subiendo hasta el Gianicolo para disfrutar de las mejores vistas de la ciudad.
Hubo quejas: que si las subidas eran muchas subidas, que si las marchas, tres en el mejor de los casos, no funcionaban bien; también hubo algún susto, peligrosos frenazos entre los coches y las motos de esa ciudad de locos; hubo gente que se quedó a ratos rezagada y gente que buscaba, sin lugar a dudas, el récord de la hora. Pero al final del día, cuando llegamos al hotel cansados pero felices y disfrutamos de nuestra merecida cerveza, estábamos seguros que no podríamos haber elegido mejor plan para visitar la ciudad que montados en una bicicleta.
Slow Chazman, 2013